Serviteurs de Jésus et de Marie

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Capturada durante el genocidio en Bosnia

Sor Ljubica

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Écrire à l'auteur Padre José-Maria 9 de enero
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Hermana Ljubica recuerda, en presencia del papa, como fue secuestrada durante la guerra de Bosnia en 1993 (Sarajevo, 6 de junio de 2015).



Santo Padre, Soy hermana Ljubica Šekerija, de la Congregación de las Hijas del Amor Divino. Nos ocupamos de la casa para ancianos y personas discapacitadas en Travnik, donde hay residentes de varias religiones, sobre todo musulmanes.

Cuando estalló la guerra en Bosnia-Herzegovina aparecieron guerreros de varios países árabes de Medio Oriente.

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Los consagrados reunidos en la catedral

El 15 de octubre de 1993, fiesta de santa Teresa de Ávila, a las 11, estaba en la casa parroquial de Travnik, preparando el almuerzo por los sacerdotes, cuando cinco guerreros extranjeros armados irrumpieron. Me forzaron a ir con ellos y subir a su camión. Los no-cristianos de Travnik rodearon el camión riéndose y aplaudiendo.

En el camión ya estaba el párroco, Padre Vinko Vidakovic que estaba enfermo, y tres empleados de la Caritas parroquial. Nos taparon los ojos con nuestros vestidos.

Nos condujeron con los ojos tapados a su cuartel general en un pueblito cercano, en una pieza de 2m x 2m con una litera de dos camas. Nos destaparon los ojos y nos quitaron todas nuestras pertenencias. En mi bolsillo encontraron mi rosario. Mandaron al padre Vinko que pisoteara mi rosario. El sacerdote se negó. Uno de los milicianos sacó su espada y amenazó con degollarme si el sacerdote no pisoteaba y profanaba el rosario. Dije: «Padre, déjalos degollarme, pero por el amor de Dios no pisotee nuestro objeto sagrado». Al final el miliciano tiró mi rosario al piso, salió y nos dejó solos un momento. Recogí los restos del rosario roto, y con mis uñas desgarré el colchón de la cama y escondí las cuentas. Y pedí a Dios fortaleza.

Los milicianos extranjeros volvieron y preguntaron al padre, luego a mí, cuantos hijos teníamos y donde estaban nuestros familiares. Dijimos que no tenemos hijos. Uno de ellos miró mi anillo y me mandó sacármelo. Uno de los guerreros locales dijo: «¡Más rápido, si no te corto el dedo!» Me quité el anillo religioso, que es tan intimo y sagrado para mí, y se lo dí. Eso fue muy duro para mí. En ese momento nuestro guardia, un extranjero, dijo: «Para mí, mi fusil es mi madre, mi padre, mi mujer y mis hijos».

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Los milicianos nos provocaban constantemente, nos humillaban, nos decían palabras obscenas y vulgares, nos golpeaban. Uno de los guerreros locales me arrastró por el cuello y me golpeó. En este momento difícil, el Padre Vinko, con calma, nos dio alentó, diciendo: «No tengan miedo, les di a todos la absolución, estamos listos para morir en paz». Estas palabras fueron para mí y los demás un gran consuelo. Aquella noche nos golpearon. Uno de los milicianos me pidió entregarle mi cruz y decirle mi nombre. Dije que mi nombre de bautismo era Ivka. Me rodearon y me dijeron: «Ya no Ivka, sino Emšihata!». Me senté, y me crucé de brazos. Me mandaron estirar los brazos, diciendo que solo Satanás se cruza de brazos.

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En aquel momento sentí el cañón de un fusil en mi frente y escuché una voz que me mandaba confesar que el Islam es la única religión verdadera. Tenía miedo, pero no hablé. La misma voz me mandó no decir palabra de lo vivido, de lo contrario mi cabeza va a ir al infierno. Creí que había llegado el momento de morir.

Luego entró otro miliciano y me preguntó si tenía hambre, dije que sí, y me dio una pera, diciendo: «Viste, los milicianos extranjeros no violan ni matan; pero mejor para vos no hablar de todo esto. Si hablas, iras al infierno». Contesté: «Un guerrero extranjero me capturó, ahora me libera un guerrero extranjero».

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Guardaron al párroco tres días más. Me llevaron de vuelta al monasterio a Travnik, me destaparon los ojos y me liberaron. Entré en el monasterio y fui en seguida a nuestra capilla de san Leopoldo Mandic a visitar el Santísimo, ahí estaban mis hermanas arrodilladas frente al Santísimo, esperándome, ayunando, llorando y suplicando.

Santo Padre, gracias de todo corazón por haber venido a darnos ánimo y fortalecernos en nuestra vocación. Esto es mi testimonio, pero hay muchas más hermanas de otras congregaciones que durante esta guerra hicieron la misma experiencia. He perdonado a todos. Y aunque los enemigos nos trataron brutalmente, la fortaleza y la gracia de Dios estaban de nuestro lado, gracias a Dios. Gracias a usted Santo Padre.

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